Domingo 30 de Noviembre de  2025
PANORAMA POLÍTICO

Política, lo urgente y lo volátil

Un escenario político volátil redefine alianzas mientras Neuquén busca orden en plena disputa nacional y con un frente sindical en tensión.

Créditos: Sebastián Fariña Petersen
Escrito en EDITORIAL el

La política argentina hace tiempo dejó atrás las categorías clásicas del drama o la comedia. Hoy se mueve en un registro más híbrido, más caótico, más imprevisible. Lo que hemos presenciado en estas semanas —tras un nuevo ciclo electoral y a las puertas de cumplirse dos años del gobierno de Javier Gerardo Milei— es una secuencia de episodios que, hilados unos con otros, conforman un auténtico vodevil político: un espectáculo de múltiples actos, repleto de enredos, sorpresas y giros que mantienen a la sociedad en permanente estado de desconcierto.

El término no es caprichoso. En el teatro, el vodevil reúne números de comedia, música, acrobacia, magia y malabarismo. Es un género ligero, satírico, sostenido por equívocos y absurdos. ¿No es acaso una descripción certera del clima que domina la escena pública nacional? La política argentina se mueve como si todo fuese simultáneamente urgente y volátil, como si cada semana instalara un nuevo acto, un desafío improvisado o un giro inesperado.

El trimestre reciente dejó dos contiendas electorales —las bonaerenses y las de medio término— que, lejos de ordenar el mapa político, lo complejizaron aún más. La disputa interna en los espacios de poder, la fragmentación de las oposiciones y la estrategia del Gobierno de tensionar al máximo cada negociación contribuyeron a un escenario donde las certezas escasean y los interrogantes se multiplican.

El cierre de esta campaña —un verdadero culebrón político— tuvo como figura central al exdiputado José Luis Espert, quien renunció a su candidatura, pero igualmente terminó en la boleta, dejando la responsabilidad final en manos del hoy ministro del Interior, Diego Santilli. La contienda electoral exhibió, sin pudores, las mejores tradiciones de la “casta” política: desde maniobras internas y negociaciones de último minuto hasta un insólito elenco internacional que incluyó la irrupción del secretario del Tesoro de Estados Unidos comprando pesos y la ya habitual participación de Donald Trump en la política doméstica argentina.

En este contexto, la sociedad parece haber normalizado anomalías que jamás le habría permitido al peronismo, ni a ninguna fuerza tradicional, ni siquiera a Mauricio Macri. La pregunta que se abre es inevitable: ¿estamos ante un verdadero cambio de época destinado a sepultar definitivamente al peronismo, o apenas frente a otro capítulo de la interminable saga que arrastra el país desde los viejos enfrentamientos entre unitarios y federales? Será tarea de los historiadores desentrañar si asistimos a un parteaguas o a una repetición de patrones históricos.

Lo concreto es que, como ocurre después de cada elección, emerge un nuevo escenario político que, a su vez, produce un reordenamiento del poder. Y en estos días se ha visto con claridad cómo ese poder se negocia entre los actores que lograron sobrevivir al desenlace electoral. Es evidente que el Gobierno nacional ha optado por construir su andamiaje político junto a gobernadores aliados —y también con aquellos que no lo son tanto— pero que comprenden la necesidad de acordar, intercambiar apoyos y articular esfuerzos para edificar una agenda legislativa activa y funcional a los desafíos del país.

Más allá del episodio puntual, la escena revela algo más profundo: la política nacional opera hoy bajo lógicas de inestabilidad estructural. Los alineamientos cambian, las lealtades se negocian día a día y las instituciones funcionan como escenario, pero también como parte del guion. En este contexto, cada actor —Gobierno, oposición, gobernadores, sindicatos— ejecuta su número tratando de sobrevivir al ritmo acelerado de un vodevil que no concede pausas.

La Argentina transita así un momento en que la teatralidad de la política se mezcla con la crudeza de las decisiones de fondo. Lo que parece exageración suele ser estrategia; lo que parece improvisación, cálculo; y lo que parece un simple acto más, termina siendo un movimiento que reordena todo el tablero.

El problema —y la pregunta central de esta etapa— es cuánto tiempo puede sostenerse un sistema político que funciona como un espectáculo permanente, sin interludios ni acto final. Porque, en algún momento, el público deja de aplaudir y empieza a pedir resultados.

Protagonismo federal

En lo que respecta a Neuquén, su protagonismo es intenso por el momento que se vive a partir de Vaca Muerta, sus expectativas como nuevo eje de desarrollo de la energía y su aporte a la economía nacional.

Da la impresión de que existe una buena sintonía con el nuevo encargado de construir el consenso y que existe la voluntad de mantener una buena relación con el gobierno libertario; son cuestiones de Estado más que razones partidarias las que animan a Rolando Figueroa.

El criterio del Gobierno provincial parece ser avanzar de la macro a la micro: sin un acuerdo sólido con la Nación, resulta difícil encarar y contener todos los frentes que tiene abiertos la administración neuquina. Entre esos frentes, uno de los más relevantes es la negociación con los gremios estatales, un vínculo que enfrenta desafíos que exceden lo estrictamente económico, aunque el reciente resultado electoral en la provincia ha contribuido a distender el escenario.

En una lectura pragmática, puede inferirse que existen recursos para sostener la actualización salarial atada al IPC. Y, en una paradoja política, quienes hoy exigen mantener ese esquema son, en buena medida, los mismos sectores que acompañaron con su voto la llegada de Milei al poder.

En Neuquén, la fortaleza del frente estatal siempre radicó en su capacidad para unificar reclamos, alinearse en demandas comunes y sostener medidas de fuerza de alto impacto. Pero la fragmentación empezó a evidenciarse a partir de dos factores:

los cambios políticos tras las elecciones provinciales, que reordenaron lealtades y expectativas;

las diferencias internas sobre cómo enfrentar un contexto nacional de restricción fiscal y redefinición del rol del Estado.

Mientras algunos gremios se muestran dispuestos a negociar con mayor flexibilidad, priorizando la continuidad de la actualización salarial por IPC, otros endurecen su postura y plantean que cualquier concesión implica resignar poder y afectar la base de representación sindical. Esa divergencia no solo debilita la presión conjunta, sino que también altera la correlación de fuerzas en la mesa paritaria.

Carlos Quintriqueo, que sacó 33 mil votos en su bautismo electoral y es desde siempre un negociador nato, tiene una posición relativamente superior al resto de los gremios estatales y se convierte en un protagonista central.

Para el Gobierno provincial, este escenario funciona como una ventana de oportunidad. Con un frente sindical descoordinado, la negociación deja de ser un bloque compacto y se convierte en una serie de interlocuciones diferenciadas, sobre todo con ATEN.

Esto permite aislar conflictos, segmentar propuestas y avanzar en acuerdos parciales que, en otro contexto, habrían sido imposibles sin un consenso más amplio. Una nueva época de la política comienza a desandar su camino, que tiene como destino final la elección de 2027.