Domingo 1 de Febrero de  2026
EDITORIAL

Corazón y pases cortos

En un país atravesado por el show mediático y los anuncios que se libran en las redes sociales, gobernar desde la obra, la previsibilidad y el orden fiscal aparece como un lujo político que, hoy, solo Neuquén parece haber logrado sostener.

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Para el gobierno que encabeza Javier Milei, la "batalla cultural" no es un accesorio, sino un pilar estratégico tan crucial como el plan económico para garantizar la sostenibilidad de sus reformas. Se define como un enfrentamiento directo contra el "estatismo" y el "colectivismo" para imponer una nueva moral basada en el individualismo y la libertad de mercado. Lo lleva adelante mediante sus ejes principales:

Trabaja para desmontar del "Relato" Progresista y busca erradicar lo que denomina la "agenda woke" y el "marxismo cultural". Apuntó contra las políticas de genero y el lenguaje inclusivo.

Se eliminaron los cupos de género en el sector público y se prohibió el uso del lenguaje inclusivo en la administración pública.

Instaló una revisión histórica promoviendo una narrativa que reivindica el periodo de finales del siglo XIX y principios del XX como la época de oro argentina, contrastándola con lo que el oficialismo llama "cien años de decadencia".

El Estado como el "Enemigo"

La estrategia consiste en personificar al Estado no como un garante de derechos, sino como una organización que coarta la libertad.

Mediante el ataque a la "Casta", el discurso oficial identifica a políticos, sindicalistas y empresarios prebendarios como los responsables del fracaso nacional. Llevó a cabo acciones simbólicas como el cierre de instituciones como la agencia de noticias Télam o el INADI se presentan como hitos de esta batalla para desarticular los centros de "propaganda" del modelo anterior.

El modelo de comunicación directa y redes sociales ha sido el camino elegido para dar la batalla que se pelea principalmente en el ámbito digital, bajo la supervisión de estrategas como Santiago Caputo.

Ha desarrollado su propio ecosistema digital utilizando una red de activistas y comunicadores en plataformas como X (antes Twitter) para instalar temas, atacar opositores y viralizar mensajes sin el filtro de los medios tradicionales. Este discurso disruptivo con el uso de un lenguaje confrontativo y sin protocolos busca romper con la "corrección política" que, según Milei, la izquierda impuso en la sociedad.

Para institucionalizar este cambio cultural a largo plazo, el oficialismo fomenta espacios de formación ideológica, como la Fundación Faro, destinada a preparar a los futuros cuadros técnicos y políticos bajo los principios libertarios.

En resumen, la batalla cultural de Milei busca transformar el modo en que los argentinos piensan y se relacionan, intentando que el éxito individual y la propiedad privada desplacen a la justicia social y la intervención estatal como valores supremos de la sociedad. 

Este sucinto resumen nos da pie para contrastar con lo que sobre el fin de la semana laboral explicara en los medios la Secretaria de Hacienda y Finanzas de la provincia de Neuquén, Carola Pogliano respecto de cómo la provincia afronta este desafío de surfear la ola libertaria y sostener un modelo de Estado neuquino que sobreviva a la motosierra, pero de manera inteligente, lo que el gobernador Rolando Figueroa califica como “ordenar para distribuir” resaltando el desmonte de un estado clientelar.

La secretaria Pogliano difundió en medios locales qué, a pesar de la crisis económica nacional, Neuquén ha logrado blindar su economía gracias a la previsibilidad y la solidez fiscal que le otorgan los ingresos por hidrocarburos y una gestión austera. 

La situación financiera de Neuquén se destaca por un marcado proceso de desendeudamiento y superávit fiscal, de acuerdo a lo que detalló la secretaria de Hacienda y Finanzas. 

El blindaje fiscal como activo político

En un escenario nacional donde la incertidumbre económica suele ser la norma, la administración neuquina ha decidido jugar una carta fuerte: la solvencia como bandera de autonomía. Las recientes definiciones de  Carola Pogliano, no solo arrojan números; trazan la hoja de ruta de una provincia que busca blindarse frente a los vaivenes de la macroeconomía argentina.

El dato más contundente es la reducción del 38% de la deuda en dólares en apenas dos años. Pasar de un stock de 1.270 millones a cerca de 800 millones de dólares no es solo un movimiento contable; es un mensaje directo a los mercados internacionales y a la Casa Rosada. Al mantenerse fuera del default y cumplir con los pagos a término, Neuquén se posiciona en una liga distinta a la de otras provincias, asegurándose un acceso a crédito internacional que hoy es un lujo en el mapa federal.

La regla de oro ha sido el fin del financiamiento para gastos corrientes.

Históricamente, el gran pecado de las administraciones provinciales ha sido el uso de deuda para cubrir el funcionamiento diario o el pago de salarios. La gestión actual parece haber impuesto una "cláusula de hierro": el financiamiento externo se reserva exclusivamente para infraestructura.

Este cambio de paradigma se apoya en una cifra reveladora: más del 90% de la obra pública se financia hoy con recursos propios. Esta "independencia de la billetera" le otorga al Ejecutivo una capacidad de maniobra política inédita, permitiéndole sostener el ritmo de desarrollo sin quedar supeditado a las transferencias discrecionales de Nación.

La proyección para el 2026 habla de un superávit como garantía de paz social

El presupuesto proyectado de 7,57 billones de pesos para 2026 no es una cifra aislada. Es el resultado de un ordenamiento que incluyó la eliminación de gastos superfluos para concentrar el flujo en áreas esenciales.

Desde el análisis político, el superávit no se busca por una obsesión técnica, sino como una herramienta de gobernabilidad. Garantizar la estabilidad salarial y el funcionamiento del Estado sin sobresaltos es, en última instancia, la fórmula para mantener la paz social en una provincia que es el motor energético del país.

Neuquén parece haber entendido que, en tiempos de crisis, el mejor escudo político es una administración ordenada. Parece poco sí, pero hay que hacerlo después de muchas décadas de la hegemonía dominante que pateó para adelante todo ajuste estructural priorizando el Estado dispendioso como reproductor de poder.