La mina San Eduardo, en el norte de Neuquén, fue durante las décadas de 1930 a 1950 el principal polo provincial de carbón y asfaltita, recursos estratégicos que exigían una logística diaria de 30 a 40 camiones y dieron origen a un núcleo urbano de alrededor de 5.500 habitantes.
Ese auge convivía con un riesgo estructural: la liberación de metano (grisú) en labores subterráneas. En la veta Santa Teresita, el 29 de marzo de 1951, ese riesgo se transformó en catástrofe por una secuencia de decisiones que vulneraron protocolos básicos de seguridad.
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La cadena de mando habilitó una voladura puntual y limitada para mitigar una zona inestable del silo 4, nivel 4, con la orden de ejecutar los disparos al finalizar el turno, con tres barrenos de carga máxima ½ cartucho, y con mojado y ventilación del frente. Sin embargo, el capataz de turno dispuso detonar durante la jornada y duplicar la cantidad de tiros, en un frente con rajaduras, colgantes y un gran bloque inestable.
La detonación ocurrió alrededor de las 8:40–8:45. La excesiva carga, el momento inadecuado y la falta de ventilación/regado actuaron en cascada: primero el derrumbe por onda de choque, luego la explosión de grisú y el incendio que selló galerías con humo y material caído, imposibilitando el rescate.
El saldo fue de seis trabajadores fallecidos: Luis Alberto Vázquez (capataz de turno), José Agustín Vallejo, José Antonio Carrera, Domingo Antonio Fuentes, Homero del Carmen Valenzuela y Adolfo Sánchez. La muerte del propio capataz añadió complejidad a la atribución judicial de responsabilidades.
Con el foco productivo destruido y el yacimiento tornándose inviable, la explotación se paralizó definitivamente. El pueblo mono-industrial entró en caída: se produjo un éxodo masivo hacia localidades como Chos Malal y Buta Ranquil, y San Eduardo terminó convertido en pueblo fantasma antes de 1960.
Décadas después, la Legislatura de Neuquén declaró el sitio Patrimonio Histórico (Ley 2.607/08). La conservación real de las ruinas, no obstante, sigue siendo un desafío pendiente, mientras antiguos pobladores y descendientes sostienen caravanas y actividades de memoria que mantienen viva la identidad minera del norte neuquino.
La tragedia dejó lecciones concretas: cumplimiento estricto de timing de voladuras, límite de carga y tiros, control de estabilidad del macizo, gestión de ventilación/regado y, sobre todo, una cultura de seguridad capaz de resistir presiones productivas en entornos de alto riesgo.
