A fines de la década de 1960, Neuquén enfrentaba una de las tasas de mortalidad infantil más altas del país: morían alrededor de 110 de cada 1000 recién nacidos vivos. Las causas eran en su mayoría evitables, vinculadas a las precarias condiciones sanitarias y a enfermedades que hacían estragos en la infancia, como la hidatidosis, el mal de Chagas, la desnutrición, las epidemias de sarampión, diarreas estivales y neumonías invernales.
La salud pública prácticamente no existía en la provincia y la situación sanitaria era crítica. Ante esta realidad, el gobernador Felipe Sapag impulsó una reforma sanitaria sin precedentes. En 1970 se creó la Subsecretaría de Salud provincial y se dio inicio a un Plan Integral de Salud que sentaría las bases del actual sistema sanitario neuquino. Sapag contó con un equipo de profesionales de excelencia: su ministro de Bienestar Social, el Dr. Alberto del Vas; el Director General de Salud, Dr. Néstor Perrone; la Dra. Elsa Moreno al frente de Maternidad e Infancia; y un grupo de médicos pioneros entre los que destacaban Horacio Lores, Osvaldo Pellín, Antonio Gorgni, Francisco Violante, entre otros.
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Este equipo se propuso llevar la protección sanitaria hasta el último rincón de la provincia, con especial foco en la niñez, para revertir la penosa situación vigente.
El Plan de Salud de 1970 unificó las acciones sanitarias dispersas y marcó un camino de transformación. Uno de sus ejes fue jerarquizar la atención: en solo cuatro años, la provincia incrementó su plantel médico de 24 a 133 profesionales, incorporando especialistas de otras regiones con dedicación exclusiva al sistema público.
Se implementó un modelo descentralizado de atención en tres niveles (central, zonal y local) para acercar los servicios de salud a las comunidades rurales alejadas. Se hizo hincapié en la atención primaria, creando la figura de agentes sanitarios comunitarios y fortaleciendo el rol de los médicos generalistas, lo que dio una dinámica inédita al sistema.
Además, se construyeron nuevos hospitales, centros de salud y puestos sanitarios, al tiempo que se recopilaron datos epidemiológicos, se establecieron normas técnicas y se implementaron programas de capacitación y residencias médicas locales.
Los resultados no tardaron en llegar. Medidas simples pero efectivas como la vacunación masiva, el control periódico de la salud de los niños menores de 2 años y la entrega de leche en polvo lograron disminuir drásticamente la mortalidad infantil. En apenas un año, la tasa se redujo de 110 a 70 por cada mil nacidos vivos. Solo en ese primer año, el plan salvó la vida de unos 40 niños que hubieran muerto de no haberse implementado estas acciones.
Este éxito inicial fue un impulso decisivo: las autoridades sanitarias vieron confirmada la eficacia del programa y se comprometieron a profundizarlo, conscientes de la cantidad de muertes evitables que se estaban previniendo.
La experiencia neuquina pronto trascendió las fronteras provinciales. En pocos años, Neuquén pasó de ser un caso crítico a un ejemplo de salud pública a nivel nacional y latinoamericano. Organismos internacionales también pusieron la mirada en el modelo: la Dra. Elsa Moreno, tras coordinar el programa provincial, fue convocada en 1972 por la Organización Panamericana de la Salud en Washington como experta en salud materno-infantil, y allí documentó detalladamente el plan neuquino para difundirlo en toda América. Mientras tanto, en Argentina, Neuquén se volvió un caso emblemático: un ambicioso Plan Nacional de Salud lanzado a fines de los '60 no prosperó por intereses corporativos, y un intento similar de reforma sanitaria en la vecina provincia de Río Negro también fracasó. Por ello, el logro neuquino de implementar efectivamente este plan integral y reducir drásticamente la mortalidad infantil marcó un hito singular en la historia sanitaria del país.
