Después del golpe militar de 1955, la Argentina vivió una ofensiva política y cultural orientada a erradicar por completo al peronismo de la vida pública. En Neuquén, esta campaña se materializó a través del Decreto Ley 4161, que prohibía no solo la participación electoral del movimiento, sino también cualquier expresión simbólica asociada a sus figuras o consignas. Esta legislación no se limitó a lo institucional: penetró en la vida cotidiana de miles de personas que fueron perseguidas, detenidas o sancionadas por hechos tan simples como conservar una foto, gritar una consigna o envolver un jabón con una hoja de revista vieja.
Uno de los casos documentados es el de Raúl Garrido, un joven de 20 años que fue arrestado por gritar “¡Viva Boca, viva Independiente y viva Perón!” a la salida de una pelea de boxeo. Su expresión fue interpretada como apología del peronismo. En Zapala, el ferroviario Aurelio García fue detenido por llevar una bolsa de papas con la inscripción “General Perón”, un simple envoltorio reutilizado que terminó como prueba de delito político.
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En San Martín de los Andes, empleados de una cooperativa fueron procesados por usar hojas con fotos de Eva Perón para envolver jabones. Adolfo Sanhueza fue detenido solo por declarar que tenía un cuadro de Perón en su casa. Panfletos con frases como “Perón y Eva en nuestro corazón” fueron parte de un sumario judicial, sin responsables identificados pero con operativo policial incluido.
Escuchar tangos peronistas, conservar papeles de campaña, mencionar la justicia social o tener una foto de Perón eran motivos suficientes para ser vigilado, arrestado o enjuiciado. La represión simbólica fue una herramienta concreta de disciplinamiento social y control sobre la vida privada de los neuquinos.
A pesar de esto, la resistencia se expresó en gestos mínimos pero profundos: panfletos anónimos, materiales ocultos, reuniones secretas y una memoria persistente. La censura convirtió el símbolo en emblema y reforzó la identidad peronista como parte de una contracultura de la memoria, la palabra prohibida y el recuerdo vivo.
Los expedientes y relatos rescatados por el historiador Enrique Masés revelan que en Neuquén, la persecución al peronismo fue también una forma de control sobre la subjetividad y el lenguaje. En lugar de extinguirlo, lo convirtió en un acto de resistencia cotidiano. Un jabón, una foto o un tango se transformaron en trincheras simbólicas de una militancia silenciada, pero nunca derrotada.
La fuente principal de este trabajo es el capítulo titulado “La cruzada iconoclasta. El delito político en Neuquén (1955–1958)”, escrito por Enrique Masés, incluido en el libro: Violencias, memorias e identidades. Historia reciente del norpatagonia argentina.
