La "Campaña del Desierto", un complejo proceso que se extendió entre 1878 y 1885, fue mucho más que una operación militar para consolidar el control sobre vastas regiones de la Patagonia y la Pampa. Fue una estrategia integral del Estado argentino impulsada por intereses económicos y geopolíticos, cuyo objetivo manifiesto era la ocupación efectiva y la explotación de estas tierras. La Patagonia, lejos de ser un territorio vacío, albergaba a diversas comunidades indígenas, lo que obligó al Estado a legitimar su avance violento a través de un discurso de "civilización y progreso". Esta narrativa ideológica fue fundamental para justificar la apropiación de tierras y la violencia, construyendo la imagen del indígena como un "enemigo peligroso", un "salvaje" destinado a la extinción, y así anular cualquier reclamo de derechos o reconocimiento de su humanidad. Esta deshumanización fue una estrategia ideológica deliberada para legitimar la violencia y el despojo.
El final de las operaciones militares no trajo paz a los pueblos originarios. Por el contrario, significó el inicio de una nueva fase de sometimiento. Los sobrevivientes fueron condenados a un proceso de asimilación forzada, caracterizado por el confinamiento, la explotación y la desarticulación de su estructura familiar y cultural. La Isla Martín García se convirtió en un campo de concentración de facto, donde cientos de indígenas fueron deportados. Las condiciones de vida eran extremadamente precarias y letales. Se documentaron casos de hambre, ejecuciones sumarias y epidemias que contribuyeron a una alta mortalidad. El objetivo declarado de estos campos era "anular cualquier cultura" y pensamiento político indígena, demostrando un intento sistemático de destruir la cohesión de estos pueblos. Hombres jóvenes fueron reclutados para el ejército o enviados a trabajar en la zafra de Tucumán o la vitivinicultura de Mendoza, industrias que se beneficiaron de esta mano de obra barata y forzada, revelando una clara conexión entre la violencia militar y los intereses económicos de la élite gobernante.
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La deshumanización de los indígenas alcanzó un punto crítico en Buenos Aires, donde un grupo de prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles, en un acto que evocaba a los mercados de esclavos. Este espectáculo público, documentado por la prensa de la época, tenía como fin simbolizar la total subyugación de los pueblos originarios. Aún más estremecedor fue la exhibición de algunos prisioneros como “piezas de una colección viviente” en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Un caso emblemático es el de Ma’kensis, un joven yagán, cuyo esqueleto fue exhibido por 112 años. Estos actos fueron parte de una campaña de terror psicológico y propaganda para deshumanizar a los indígenas y reforzar la idea de la superioridad racial. Las reacciones públicas fueron polarizadas; mientras apologistas de la conquista lo veían como "el espectáculo más satisfactorio y moralizador", disidentes anarquistas manifestaron su indignación ante la barbarie.
Una de las prácticas más devastadoras fue la apropiación masiva de mujeres y niños indígenas, distribuidos a familias de la élite y particulares como “virtuales esclavos”. Esta era una práctica planificada y sistemática, con una demanda organizada para esta mano de obra forzada. Mendoza fue un punto central de destino, donde el Coronel Rufino Ortega se encargó de trasladar y repartir a miles de personas. Anuncios periodísticos de la época ofrecían prisioneros como "ofertas", evidenciando la magnitud y la normalización de esta esclavitud extralegal. La incorporación forzada de niños a familias criollas buscaba destruir su identidad, con periódicos de la época proponiendo borrarlos de su origen. El papel de la Iglesia Católica en este proceso fue significativo, ya que el bautismo de estos niños se utilizó para legitimar su apropiación y transferir la patria potestad a los padrinos, que en su mayoría eran miembros de la élite y militares.
El debate sobre la calificación de la Campaña del Desierto como genocidio es intenso. Quienes defienden esta interpretación sostienen que hubo un plan estatal sistemático no solo para la eliminación física, sino también para la destrucción cultural y social de los pueblos indígenas, a través de deportaciones masivas, división de familias y negación de su identidad. Estos actos se alinean con la definición legal de genocidio. En contraparte, las narrativas oficiales históricas la justificaron como una “guerra justa” para consolidar la nación, un proceso "más científico que militar", o recurrieron a la “extranjerización” del indígena para negar sus derechos.
A pesar de la falta de un reconocimiento judicial formal para la Campaña del Desierto, existen precedentes legales en Argentina, como los fallos sobre las masacres de Napalpí y La Bomba, que declararon el accionar estatal como genocidio. Esto sienta las bases para una denuncia presentada en 2022 por una mujer mapuche-tehuelche, Ivana Noemí Huenelaf, que busca que la justicia argentina se expida. El legado de la campaña aún persiste en discursos de odio y la invisibilización de los pueblos originarios, lo que subraya la urgencia de una reparación histórica y el reconocimiento de sus derechos en la actualidad.
En este extenso y detallado artículo, hemos explorado la “Campaña del Desierto” no como un evento militar aislado, sino como un plan sistemático del Estado argentino para consolidar su dominio territorial en la Patagonia. A través de un discurso de “civilización”, se justificó la desposesión masiva, la violencia y la deshumanización de los pueblos originarios. El texto profundiza en las devastadoras consecuencias para los sobrevivientes: el confinamiento en campos de concentración como la Isla Martín García, la explotación como mano de obra forzada en industrias clave, y la apropiación masiva de mujeres y niños para servir como “esclavos extralegales” en hogares de la élite. Además, se analizan las manifestaciones más extremas de deshumanización, como los desfiles encadenados en Buenos Aires y la exhibición de indígenas en vitrinas de museos. El artículo concluye con un análisis del debate actual sobre la calificación de genocidio para estos hechos, señalando que, si bien no ha sido reconocida judicialmente, existen precedentes en otros casos que abren la puerta a que la justicia investigue esta página de la historia, en un esfuerzo por reparar las injusticias históricas y reconocer los derechos de los pueblos originarios en la Argentina contemporánea.
