El Chateau Gris, levantado en 1904, fue mucho más que un simple chalet de madera: representó la primera sede oficial de gobierno del Territorio Nacional de Neuquén y la base desde donde comenzó a consolidarse la joven capital. Su inauguración coincidió con la designación de Neuquén como capital territorial, otorgándole un peso simbólico y político fundamental.
El edificio fue construido en apenas tres meses gracias a un sistema de alianzas estratégicas que redujo costos de forma notable. Mientras la empresa John Wright de Buenos Aires aceptó realizar la obra sin cobrar a cambio de la publicidad que generaría, el Ferrocarril Sud transportó gratuitamente cien toneladas de materiales desde Plaza Constitución, y la mano de obra fue contratada directamente por el gobernador Bouquet Roldán. Así, el gasto final apenas superó los mil pesos, muy por debajo de los casi diez mil presupuestados inicialmente.
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El Chateau Gris se levantó en la Avenida Argentina esquina Roca, junto al Monolito Fundacional, en el corazón del trazado urbano de la nueva ciudad. Su interior se organizaba en dos plantas: abajo funcionaban las oficinas públicas como contaduría, secretaría y mesa de entradas; mientras que en la planta alta se encontraban las dependencias del gobernador, con despacho, habitaciones privadas y un balcón desde donde observaba el crecimiento del incipiente caserío neuquino.
Durante más de dos décadas, hasta 1929, el Chateau Gris funcionó como Casa de Gobierno. Luego fue utilizado como Jefatura de Policía y posteriormente como Municipalidad, hasta que en 1950 fue demolido para dar lugar al Monumento a San Martín. Parte de su madera fue reutilizada en la Escuela Nº2 y, en 1954, al trasladar la Pirámide Fundacional, se halló bajo sus cimientos una caja con documentos históricos del gobierno territorial, aunque la mayoría estaban ilegibles.
Aunque ya no existe físicamente, el Chateau Gris permanece en la memoria colectiva como un símbolo de los orígenes políticos e institucionales de Neuquén. Su historia condensa el esfuerzo, la creatividad y las tensiones de una ciudad en pleno nacimiento, convirtiéndose en un patrimonio vivo que aún hoy invita a repensar la identidad neuquina.
