La historia de Zainuco comienza en la madrugada del 6 de mayo de 1916, cuando 17 internos escaparon de la vieja cárcel de la Confluencia, en condiciones de hacinamiento y con apenas un puñado de guardias. El motín dejó un guardia muerto y otro herido, mientras los presos se apoderaban de las armas del penal. En medio del caos, el gobernador Eduardo Elordi llegó al lugar y debió protegerse en una zanja bajo los disparos de los fugados. La fuga se dividió en distintos grupos: algunos huyeron hacia Vista Alegre, otros hacia el sur de Río Negro y un último grupo intentó llegar a Chile.
Entre los cabecillas se encontraban Sixto Ruiz Díaz y Martín Bresler, mientras que entre los fugados figuraban jóvenes, migrantes y hasta un menor de edad: José Concino, de solo 16 años. También estaban Nicolás Ayacura (chileno, 30 años) y Antonio Stradelli (italiano, 30 años). Tras días de huida, 16 de ellos quedaron bajo el mando de Ruiz Díaz y se refugiaron en el rancho del colono Emilio Fix, en la Pampa de Lonco Luán, cerca de Zapala.
Te podría interesar
El 29 de mayo fueron descubiertos por una partida policial dirigida por el sargento Vivot. Pronto se sumaron refuerzos encabezados por el comisario inspector Adalberto Staub, junto a otros jefes y más de 40 policías. En el primer tiroteo murió Ruiz Díaz, lo que desorganizó al grupo. El resto de los presos, exhaustos, decidió rendirse. Sin embargo, lejos de recibir un juicio, fueron divididos: algunos enviados a Zapala, otros quedaron a merced de los uniformados. Ocho de ellos fueron fusilados en el paraje Zainuco, arrodillados y con disparos en la cabeza. Sus cuerpos permanecieron una semana a la intemperie antes de ser arrojados a una fosa común.
La versión oficial habló de un enfrentamiento durante un traslado, pero la evidencia mostraba lo contrario: todos tenían un tiro de ejecución. Las víctimas fueron: José Concino (16 años), Cayetano Nahuel, Martín Elizondo, Ángel Manzano, José Bravo, Bautista Méndez, Mariano Soto, Nicolás Ayacura y Antonio Stradelli. La masacre fue rápidamente encubierta: la Justicia sobreseyó a los responsables, Staub fue ascendido y Elordi reforzó su poder político.
El único que se animó a denunciarlo fue el periodista Abel Chaneton, quien desde el diario Neuquén reveló que se trató de una ejecución sumaria y acusó al gobernador Elordi de encubrimiento. Preparaba un viaje para presentar pruebas al presidente Hipólito Yrigoyen cuando fue asesinado en 1917, víctima de un atentado ligado al oficialismo provincial. Con su muerte, se buscó clausurar la memoria de Zainuco.
Recién décadas más tarde, gracias a investigaciones históricas, colectivos de memoria y organismos de derechos humanos, Zainuco fue reconocido como un crimen de Estado. Hoy, el paraje está señalizado y sus víctimas recuperaron nombre y dignidad, convirtiéndose en símbolo de la violencia institucional y de la impunidad que atravesó la Patagonia en los albores del siglo XX.
