Juan Carlos Leiva tenía 51 años y vivía en situación de calle en la ciudad de Mendoza. A pesar del frío extremo y su estado de salud deteriorado, se negó a aceptar refugio o atención médica porque no quería dejar solo a su perro, Sultán. Murió el 4 de junio, en soledad, en un hospital de Tunuyán. Su historia, marcada por la lealtad y la indiferencia institucional, quedó grabada en el corazón de quienes lo conocieron.
El frío que todo lo quebró
Juan dormía bajo un techo precario en la entrada de un edificio sobre calle Perú. Allí fue visto cada mañana por María del Carmen Navarro, una mujer de 60 años que trabaja limpiando en un consultorio. “Yo le decía que se despertara porque iban a llamar a los preventores para sacarlo. Él no molestaba a nadie, solo quería estar con su perro”, recordó conmovida.
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El 26 de mayo, María lo encontró desmejorado: sin medias, con un pantalón de verano y dificultades para respirar. “Tenía los pies y las manos congeladas. Yo me saqué mis medias y se las puse”, relató. A pesar de sus ruegos para que aceptara atención médica, Juan insistía en no abandonar a Sultán.
El amor más allá de las necesidades
Finalmente, el 28 de mayo accedió a ir al hospital luego de que María le jurara que cuidaría a su perro. “Me dijo balbuceando: ‘cuídeme el perro’. Esas fueron sus últimas palabras”, recordó ella con la voz quebrada. Fue internado en el Hospital Central y luego trasladado al Scaravelli, en Tunuyán. Falleció el 4 de junio, lejos de todo y de todos, sin familiares que lo acompañaran.
María, que no tenía relación familiar con Juan, insistió durante días para saber cómo estaba. Logró hablar con médicos y rogar por información. “Me llamaron y me dijeron que había muerto a las 9 de la mañana. Me dio mucha tristeza, murió solo”, contó.
Sultán, el perro fiel, tiene un nuevo hogar
Tras su muerte, María cumplió la promesa. Llevó a Sultán a su casa, le preparó una cama con el viejo colchón de Juan y lo abrigó con mantas. Sin embargo, no podía mantenerlo por mucho tiempo. Entonces apareció la familia dueña de un kiosco de calle Rivadavia, que lo conocía desde cachorro, y decidió adoptarlo.
“Sultán ahora duerme en un sillón, con un abriguito azul. Tiene techo, comida y cariño. Le dije a Juan que estaba cumpliendo la promesa de que su perro tuviera un buen hogar”, afirmó María.
Una historia que interpela
Desde la Iglesia Católica mendocina y distintas organizaciones sociales denunciaron el abandono estatal hacia personas en situación de calle. En el caso de Juan, se suman los relatos de maltratos en refugios y la indiferencia médica, como cuando una doctora del SAME se negó a trasladarlo por “catarro”.
“Hay que contar esta historia porque dio la vida por su perro. Él no tenía nada, pero tenía amor, valores y un amigo fiel. Mucha gente con más recursos trata a los animales como cosas. Juan, en cambio, dio todo”, concluyó María.