La tarde del 16 de abril de 1987, mientras el país entero contenía la respiración por el alzamiento militar de Aldo Rico en Campo de Mayo, Neuquén volvía a dar una lección que quedaría grabada en la memoria colectiva: cuando la democracia estuvo en peligro, la respuesta de la provincia fue abrir las puertas, encender las radios y salir a la calle.
El gobernador Felipe Sapag, desde Buenos Aires, no dudó: a través de LU5 ordenó que se abriera la Casa de Gobierno a los ciudadanos. "Que el pueblo defienda la democracia", instruyó a su vicegobernador Horacio Forni. La orden fue acatada de inmediato. La Casa de Gobierno se transformó en refugio, en asamblea, en símbolo. Las escuelas, las sedes sindicales y los partidos políticos hicieron lo mismo.
El gesto encontró eco en una figura que había tenido históricas diferencias con Sapag: el obispo Jaime de Nevares. Aquel hombre, que durante la dictadura había sido la voz de los sin voz, tomó su cruz simbólica y convocó al pueblo a caminar en un Vía Crucis que mezclaba fe, dolor y compromiso democrático. "Pretenden usar la cruz como espada", denunció De Nevares, refiriéndose a los militares carapintadas que buscaban detener los juicios por delitos de lesa humanidad.
Neuquén vivió su Semana Santa más intensa. Las familias enteras se movilizaron, los jóvenes encendieron fogones, los dirigentes sindicales y políticos escribieron un documento multisectorial que se leyó en la plaza. El Domingo de Pascua de 1987, más de 40.000 personas —en una ciudad que entonces tenía poco más de 150.000 habitantes— se concentraron en el monumento a San Martín. Nunca antes la capital neuquina había visto algo así.
Y cuando Sapag volvió a la provincia, no lo hizo solo. Subió al balcón de la Municipalidad acompañado por Jaime de Nevares. Hablaron al pueblo sin sectarismos, sin egoísmos. Hablaron como hombres que sabían que la democracia es una tarea colectiva, que no admite grietas en tiempos de amenaza.
Aquel episodio, conocido como "la Semana Santa de 1987", no solo consolidó la democracia en Neuquén. También dejó una postal imposible de borrar: la de un pueblo entero que, entre el miedo y el coraje, eligió resistir con las puertas abiertas.
