Con el inicio del otoño y la baja de temperaturas, comienzan a multiplicarse las enfermedades respiratorias en niños, especialmente en jardines y escuelas. Los cuadros de resfrío, tos y fiebre se vuelven más frecuentes, lo que genera preocupación en familias y cuidadores ante el aumento de contagios.
Durante esta época del año, la circulación de virus respiratorios crece de forma progresiva. Entre los más habituales se encuentran la influenza —particularmente el tipo A—, el rinovirus, el virus sincicial respiratorio (VSR), además de adenovirus y parainfluenza. También se mantiene una circulación baja pero constante de COVID-19. Estos virus se transmiten con facilidad, sobre todo en espacios cerrados y con alta concentración de personas.
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Cuáles son los síntomas más comunes
Los cuadros respiratorios suelen comenzar con síntomas similares. Los más frecuentes incluyen congestión nasal, mocos, tos, fiebre y dolor de garganta. En niños pequeños también pueden aparecer irritabilidad, rechazo al alimento o dificultades para dormir.
Sin embargo, es clave prestar atención a la evolución. Existen señales de alerta que requieren consulta médica, como la respiración agitada, el hundimiento de las costillas al respirar, decaimiento marcado o dificultad para hidratarse. En los más chicos, estos signos pueden indicar complicaciones que necesitan atención oportuna.
Qué virus representan mayor riesgo
Si bien la mayoría de las infecciones son leves, el virus sincicial respiratorio es uno de los que genera mayor preocupación en bebés y menores de dos años, ya que puede provocar bronquiolitis y cuadros más severos.
El aumento de la circulación viral durante el otoño e invierno responde, en gran parte, a la mayor permanencia en ambientes cerrados y con menor ventilación, lo que facilita la propagación de los contagios.
Cómo prevenir enfermedades respiratorias en niños
Para reducir el riesgo de infecciones, se recomienda sostener hábitos simples pero efectivos:
- Lavarse las manos con frecuencia para eliminar virus presentes en la piel.
- Ventilar los ambientes todos los días, incluso cuando hace frío.
- Evitar el contacto cercano con personas que presenten síntomas.
- No enviar a los niños al colegio si están enfermos, al menos durante 24 a 48 horas.
- Mantener los espacios libres de humo de tabaco.
- Cumplir con el calendario de vacunación, incluida la vacuna antigripal anual en grupos indicados.
- Promover una alimentación equilibrada, rica en frutas y verduras.
- Asegurar una buena hidratación, especialmente en bebés.
- Respetar las horas de descanso según la edad.
- Fomentar la actividad física y el juego al aire libre.
- Evitar el uso de jarabes antitusivos en niños pequeños.
- Consultar ante síntomas persistentes o signos de alarma.
- La importancia de la vacunación
La vacunación cumple un rol central en la prevención de formas graves de enfermedad. Si bien no evita todos los contagios, reduce significativamente el riesgo de complicaciones, internaciones y cuadros severos.
El esquema incluye la vacuna antigripal anual —especialmente en niños pequeños y grupos de riesgo—, además de las dosis contra neumococo, coqueluche y COVID-19 según corresponda. También existen estrategias específicas para el virus sincicial respiratorio, como la inmunización en recién nacidos en determinados casos.
Hábitos que fortalecen el sistema inmune
No existen soluciones rápidas ni “refuerzos mágicos” para evitar enfermedades, pero sí prácticas que ayudan a fortalecer las defensas. Mantener una rutina saludable, con buena alimentación, descanso adecuado y actividad física, es clave para atravesar la temporada con menor riesgo.
A esto se suma la importancia de reducir el exceso de pantallas y promover vínculos afectivos positivos, factores que también influyen en el bienestar general y en la respuesta del sistema inmunológico de los niños.